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Presidenta Mireya Moscoso

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Ceremonia de Transición del Canal de Estados Unidos a Panamá
Discurso de la Excelentísima Señora Mireya Moscoso, Presidenta de la República de Panamá, en el acto de Transferencia del Canal de Panamá

¿Qué haremos los panameños a partir de este instante con los versos de Amelia Denis de Icaza, cuando lloran nostálgicos “ya no eres mío, idolatrado Ancón”?. Ahora podemos decir con orgullo: “!Querido Cerro Ancón, hoy nuevamente eres nuestro!”. Que orgullo sentimos hoy cuando finalmente se ha arriado definitivamente la bandera extranjera, para que se cumpla el anhelo de tantas generaciones, de tener “!Un solo territorio, una sola bandera!”.

Ponderar este acontecimiento trascendental para nuestra nación es no sólo necesario, sino indispensable para arraigar hacia el futuro ese sentimiento patriótico, que a pesar de todas las diferencias y todas las adversidades siempre nos unió, que es el sentimiento de nuestra nacionalidad.

Hoy concluye una gesta heroica, que se inició mucho antes del 3 de noviembre de 1903. Una gesta que ha buscado durante siglos, el reconocimiento de los derechos a que como nación aspiramos todos los panameños, desde los tiempos mismos cuando los españoles convirtieron a nuestro istmo en epicentro del tránsito mundial entre los océanos Atlántico y Pacífico.

Cuántas afrentas debimos sufrir, cuántos mártires debimos ofrecer, para que finalmente lográramos este reconocimiento, que nos permite entrar al siglo XXI, plenamente soberanos, sin presencia extranjera en nuestro territorio, y como dueños absolutos de uno de los más importantes medios de comunicación y comercio del mundo, el Canal de Panamá.

Así como hicimos el pasado 14 de Diciembre cuando Panamá se vistió de gala, con la presencia de distinguidos mandatarios de nuestro Continente y España, en el canje de los acuerdos diplomáticos de la transferencia, hoy el país siente la necesidad de rendir tributo a quienes de manera patriótica, con el esfuerzo permanente y el sacrificio, incluso, de su propia integridad física, durante noventa y seis años, cimentaron este camino arduo y doloroso que hoy llega a su meta final.

Los actores de esta lucha provienen de muy diversas sectores de nuestra sociedad, entre ellos, políticos de la talla de nuestro primer Presidente Manuel Amador Guerrero, de Eusebio A. Morales, Belisario Porras, Ernesto T. Lefevre, Narciso Garay, Ricardo Alfaro, Harmodio Arias, Roberto F. Chiari, y Arnulfo Arias, defensor de nuestra nacionalidad, entre otros ilustres patricios, que entre 1903 y 1964 se distinguieron por la defensa constante y decidida de nuestra reivindicación nacional.

De igual forma, artistas y poetas de todas las generaciones han expresado con su arte el clamor de nuestra soberanía. Amelia Denis de Icaza, Ricardo Miró, Gaspar Octavio Hernández, Rogelio Sinán, Ernesto J. Castillero, Joaquín Beleño, Elsie Alvarado, José Franco, Demetrio Korsi, y otros tantos igualmente meritorios, así como distinguidos profesionales de la talla y trayectoria de José Dolores Moscote, Ricardo Bermúdez, Miguel-Moreno, César Quintero, Humberto Ricord, Roberto Alemán, Eloy Benedetti, Carlos Iván Zúñiga, Julio Linares, y Carlos Bolívar Pedreschi, entre tantos otros, luchadores incansables e inclaudicables de nuestra soberanía.

¿Pero, quién con mayor constancia y patriotismo siempre abanderó la lucha nacionalista fue, sin lugar a dudas la juventud panameña, esa juventud congregada en planteles educativos como la Escuela Profesional, la Normal de Santiago, el Colegio Artes y Oficios, la Universidad de Panamá, pero por excelencia, el Instituto Nacional, baluarte indiscutible de todas las faenas por la recuperación de nuestra soberanía.

Entre aquellas gestas tenemos que destacar la lucha por el rechazo del Convenio Filos Hines en 1947, la siembra de banderas en 1959, liderada por Carlos Arellano Lennox, la operación soberanía en 1959, y como corolario de estas luchas, los eventos del 9 de enero de 1964, que vienen a constituir la causa fundamental del cambio de actitud hacia los reclamos de la República de Panamá a inicio de la etapa de nuestra historia que concluye este día.

Hoy se impone en el marco de este acto, rendir homenaje a Ascanio Arosemena y a los veintiun mártires que aquel trágico día ofrendaron su vida a la patria, y a los cientos de heridos. De igual forma expresamos nuestro reconocimiento a los institutores portadores de la insignia patria, Napoleón de Bernard, Eligio Carranza, Inocencio García, Alcibíades Picota, Luis Vergara y César Villarreal.

Esa realidad que, en nombre de la República reconozco en este momento, merece el debido homenaje dentro de la trascendencia histórica de nuestro país de este acto, por lo que con este marco, en nombre de la patria, hago en este momento entrega al señor Rector del Instituto Nacional, de la bandera que aquel grupo de institutores trajo a esta zona, y que fuera ultrajada.

Hoy hago mía la promesa del Presidente Roberto Chiari, y lograda la meta nacional, la devuelvo a donde ella pertenece, Al glorioso Nido de Aguilas.

A partir de aquellos sucesos aciagos de enero de 1964, en donde el enfrentamiento desproporcionado entre las tropas norteamericanas y estudiantes indefensos causó tanto luto y dolor en cientos de hogares panameños, se inicia otra página de nuestra historia.

Una etapa que dio primero como resultado los tratados tres en uno, y luego la renegociación y firma de los tratados de 1977, cuya dirección correspondió de manera principal al general Omar Torrijos y a hombres como Gabriel Lewis Galindo, Rómulo Escobar, Carlos López Guevara, Jorge Illueca, Aristides Royo y otros muchos.

Reconocer la realidad de las relaciones entre Panamá y los Estados Unidos en estos primeros noventa y seis años de vida republicana es mucho más que un simple reclamo por un trato que en ese período fue generalmente injusto para con nuestro pueblo.

Se trata eminentemente de la necesidad que tenemos los panameños de entender que nuestra esencia como nación tiene una trayectoria que ha costado sangre, dolor y sufrimiento, porque esta es la única forma como podremos los actuates habitantes de este istmo y los que vendrán después, entender lo que como dice Ricardo Miró, representa la esencia de la patria.

En este momento nuestro país y los Estádós Unidos de América, deben hacer méríto a ciento cincuenta años de vínculos históricos, sociales, culturales y comerciales, que se iniciaron con la construcción del ferrocarril transístmico, y a partir del nuevo siglo, iniciar un concepto nuevo de relaciones basadas en la cooperación amistosa y decidida; en el comercio y el respeto mutuo.

Hoy reitero lo dicho en mi toma de posesión: “el beneficio que el usufructo del canal de Panamá ha dado a la geopolítica y a la economía de Estados Unidos, impone que esta nación haga valer el sentimiento de hermandad que durante décadas han pregonizado sus mandatarios; y se inicie un período de relaciones comerciales con Panamá, que permitan a esta nación iniciar el proceso de crecimiento económico que tanto demanda su pueblo”.

Por ello, quiero hoy recordar las palabras expresadas por el Presidente Teodoro Roosevelt en esta ciudad el 15 de noviembre de 1906: “es el único deseo de los Estados Unidos con relación a la República de Panamá, el verla crecer, en población, en riqueza y en importancia, y empeño mi palabra en las seguridades de un cordial apoyo y de un tratamiento fundado en las bases de una completa y generosa igualdad entre ambas repúblicas”.

Pero toda la importancia y trascendencia histórica del momento emocional que vivimos, no me impide reconocer un hecho fundamental para todos y cada uno de los panameños, y es que este país es “mucho más que un canal”.

Si en este día los panameños llegamos a la mayoría de edad como nación, este hecho, más que solo halagarnos, nos impone retos y obligaciones supremamente importantes para con nosotros mismos y con las futuras generaciones de panameños, la principal de ellas, entender que con absoluta independencia de la función temporal de ser gobierno u oposición, el tema del canal tiene que ser tratado como tema de Estado, libre de toda pasión e interés politico.

No existe razón ni justificación alguna para que llegue a existir en Panamá una isla de eficiencia; mística y transparencia en el Canal, mientras el país sufre de ineficiencia, de falta de propiedad, de ausencia de creatividad, de miseria y pobreza.

No puede este país justificar que mientras estos panameños, que se desempeñan en la comisión, hoy Autoridad del Canal de Panamá, lo hacen con vocación y eficiencia, el resto de nosotros nos debamos a otros principios e intereses.

La circunstancia histórica de este momento, con el inicio del nuevo siglo, nos impone adecuar nuestros estándares de desarrollo a un capitalismo renovado, en donde el conocimiento y la eficiencia sean la clave del desarrollo de todos los sectores de la producción. Es por eso, por lo que Panamá tiene la obligación de crear una nueva cultura económica basada en la solidaridad.

Enfrentar la pobreza y la desigualdad social es el reto fundamental que nos impone el nuevo siglo, para ello, todos, sin distingo de clase, de ideología, de creencia o de origen, tenemos que proponernos dedicar nuestros mejores esfuerzos en alcanzar la nueva meta, que es erradicar definitivamente la injusticia y la marginación en que vive gran parte de nuestra sociedad.

Al recibir hoy el más preciado bien de nuestra nación, el control total y absoluto sobre todo nuestro terntorio, esta mujer santeña, como lo fue el Presidente Porras, quien inauguró el canal, ruega a Dios, para que nos dé la sabiduría que nos permita manejar este patrimonio para benefcio de la humanidad, confiando que nuestra capacidad y compromiso nos permitirá hacerlo, para orgullo del mundo entero.

En el día de hoy les digo a todos los hombres y mujeres de mi patria, que no habrá más; que no habrá letreros que nos impiden la entrada. Que este territorio ha vuelto a ser nuestro. Que el grito de soberanía total que tantas generaciones hemos reclamado, hoy es una realidad. El Canal es nuestro.

¡Dios me los bendiga!.

31 de diciembre de 1999